viernes, 18 de septiembre de 2009

TRÁFICO DE NADERÍAS POSMODERNAS.

Este artículo formará parte de una serie dedicada a radiografiar cómo el relativismo de la progresía igualitarista arrebata la sustancia de todo lo que toca. Es mi intención mostrar la manera en que el relativismo que nos señorea tiende a convertir en nada el arte, la moral, la educación, la filosofía, la economía, la literatura, el idioma, etc. Aquí, para empezar, hablaré de la defunción del arte.


La nada lo invade todo. No crea usted que es un mero juego de palabras o una ocurrencia. No, es la verdad. Sólo hay que posar la mirada sobre cualquier aspecto de la realidad circundante para comprobarlo. El relativismo de la posmodernidad es la chistera en cuyo interior las cosas con sustancia se transmutan en nada. Es la batidora eléctrica que reduce a papilla subjetiva cualquier pieza sólida construida por la razón secular. Pondremos algunos ejemplos para aclarar estas palabras. Piense el lector en ejemplos de arte plástico. El abanico de posibilidades es enorme. Quizá tenga en mente a Leonardo da Vinci, Velázquez, Picasso… O quizá se le venga a las meninges la última exposición de arte moderno a que asistió, donde, a precio de oro blanco, se exhibían piezas tan esotéricas como un grifo ordinario de agua corriente, una magnífica plancha de hierro atravesada por cuchillos ensangrentados, un mamotreto informe de hormigón colgando del techo y demás lindezas por el estilo. Hasta es posible que el portero sea, en realidad, una pieza de arte más, allí posado por convenio venal con el artista.

Porque, en definitiva, ¿qué es arte? Otrora era lo que conseguía deleitar los sentidos por su factura extraordinaria. Hoy, ciertamente, también las facturas son extraordinarias, pero no conmueven tanto los sentidos del espectador como las carteras de los licitadores. Devánese usted los sesos y dígame, más bien, qué no es arte. Lo tendrá difícil, pues todo lo puede ser a condición de que se advierta a los demás de ello: “señores este bolígrafo corriente y moliente es una obra de arte, pues lo digo yo, que soy artista por inapelable decreto de mi voluntad.” Pero usted, amigo lector, protestará: “Hombre, pero si todo es arte o susceptible de adquirir dicha categoría, entonces nada es arte”. Bueno, ¿y qué quiere usted, señor mío? ¿Acaso desea usted reinstaurar un régimen clasista en que no todo el mundo pueda aspirar a llamarse artista? ¿Acaso pretende usted que vuelvan los tiempos en que las artes encandilaban por su belleza? No venga con la inquisición excluyente del mérito y la valía, por favor. No fastidie. No quiera abolir las hiperdemocráticas leyes del “todo vale” posmoderno.

¿Pero cómo es posible que los pujadores de arte lleguen a pagar desorbitadas cantidades de dinero por quisicosas y bagatelas? Esto no es difícil de entender: el tráfico monetario, “especulativo”, respecto del arte moderno es la única manera de prestigiar lo que, de por sí, carece de mérito. Se trata de fingir que tiene valor lo que carece de él. Pagar un millón de euros por un lienzo que un niño de párvulos podría pintar es como decir: “si pago tanto por esto es porque lo vale”. No es ya eso de: “pago mucho por este lienzo porque vale mucho” sino “vale mucho porque por él pago mucho”. La fórmula relativista permite elevar a regio trono el sueño igualitarista de la progresía ultracorrecta. Triunfo, por tanto, de las huestes del vacío: como todo es arte, nada es arte.

4 comentarios:

  1. Efectivamente, la relativización lleva al quedarse en nada en todo o en casi todo. Ya sabes que yo creo que una de las consecuencias de esa ola de relativismo posmoderno está siendo la crisis económica. Porque...lo mismo que se aplica al arte, puede aplicarse a la economía. ¿Cuánto valen los bienes y servicios? Pues no se sabe, depende, todo es relativo. Por esa regla de tres, se relajan las normas contables, las valoraciones cabales de activos y empresas, se conceden créditos a quien no se debería, y el largo etc que nos ha llevado a la situación económica actual. Y yo me pregunto...¿no habría que volver a una economía más real, más sobre la tierra y no tan relativa? ¿No habría que volver a valorar las cosas en función de su escasez, como enseñan en las facultades de economía a los alumnos de primer curso? ¿No es la especulación consecuencia del relativismo en la valoración de las cosas, que lo mismo se aplica a una obra de arte que a un piso en el centro de Madrid?. Muchas dudas para las horas que son.

    Un saludo.

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  2. Aunque quiero tratar en un artículo el problema de la economía, he de decir que el asunto me queda grande. Lo que sí es evidente es que todo este tinglado financiero tiene, cuando menos, aparentes similitudes con las infatuaciones, naderías y ficciones del mundo del arte moderno. En ambos casos hay algo parecido a un simulacro: de arte o de economía. Tiene algo, o mucho, de autoengaño; una situación que se mantiene viva sólo porque todo el mundo (o casi todo el mundo) está tácitamente de acuerdo en no denunciar con voz fuerte que “el rey va desnudo”. Si logro explicarme con claridad, verás que este frívolo juego de ficciones se juega en muchos otros ámbitos sociales, como ya he dicho. Espero que llegue el momento en que cada vez seamos más las personas que nos atrevamos a denunciar que el rey va desnudo. O la llevamos clara.

    Saludos.

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  3. Aquellos que desprecian lo bello, lo justo, lo bueno, lo verdadero, lo que es superior en sí mismo, aquellos que aborrecen la condición jerárquica de la realidad y los sistemas estructurados, aquellos son precisamente los inventores del relativismo. Lo postularon con la finalidad de poder igualarlo todo y de equiparar, así, lo bello con lo feo, lo justo con lo injusto, lo bueno con lo malo, lo verdadero con lo falso, lo superior con lo inferior. Disfrutan realizar tal. Gozan de tal. Se les trasluce en los rostros, los cuales, cuando se trata de la defensa del relativismo, inexplicablemente abandonan la modorra existencial en la que se encontraban sumidos por causa de él, y que se ha tornado en su leal compañera, tomando una expresión inusual de alegría. Sucede que el relativismo igualitario les permite no sentirse inferiores: el criminal es tan digno y merecedor de elogios como el héroe. De ahí que el anti-héroe sea el emblema de nuestra sociedad. Sus miembros ya no tienen que cargar sobre sus hombros con el peso de ningún compromiso, de ninguna responsabilidad, pero tampoco les está permitido beber de la maravillosa fuente revitalizadora de algún ideal. El espíritu humano se desnutre en medio de las calles, la humanidad muere de sed y desfallece, las depresiones masivas y otros severos trastornos psicológicos incrementan al por mayor: el nihilismo es el colofón del relativismo.

    Sin embargo, yo digo en nombre del Espíritu:

    ¡Muerte al comunismo valorativo…!

    ¡Muerte al comunismo artístico…!

    ¡Muerte al comunismo moral…!

    Vivir dignamente en una sociedad corrupta significa linchar el sistema vigente.

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