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domingo, 27 de diciembre de 2009

IGUALITARISMO E INDIVIDUALISMO POSMODERNOS.

La posmodernidad rechaza de entrada la posibilidad de dialogar con el otro para convencerlo de algo, como si bajo dicho diálogo se escondiera la innoble intención de someter al otro a nuestros criterios o deseos. Creo que nada malo hay en intentar convencer al otro si también uno está dispuesto a dejarse convencer. ¿Convencer con qué? Con argumentos, con la lógica, con las pruebas: con la razón.

Creo que el cambio educativo empieza por aquí: por las ganas de hablar y de escuchar, comúnmente truncadas por el principio posmoderno de que todas las opiniones valen lo mismo. Seguramente, el declive de la autoridad (en educación y otros muchos ámbitos sociales e institucionales) hace palanca en este fulcro: todas las opiniones valen lo mismo.
Es decir, las del hijo igual que las del padre; las del paciente igual que las del médico; las del neurótico igual que las del psicólogo; las del alumno igual que las del maestro…

La cuestión no es baladí, creo yo. ¿Los orígenes de esta creencia? Resumiendo mucho: los orígenes son el miedo a la autoridad desmedida y despótica.
Por mi parte, intentaré añadir algo más. Lo siguiente: el caldo de cultivo de la ideología posmoderna más cercano en el tiempo fue, quizá, el del mayo del sesenta y ocho y lo que vino después. A mí me pilló toda aquella movida siendo niño y adolescente, y lo suficientemente inmaduro para absorber e interiorizar, como tantos otros, su impronta ideológica. Yo creo que el propósito de aquella revolución, truncada por la misma naturaleza humana, fue algo noble y necesario: unir más a las personas, desacreditar las jerarquías, igualar a las gentes en el trato sin importar procedencia, clase social, profesión, etc. Algo muy loable, pienso yo.

Pero había un riesgo implícito que, pasado el tiempo, ha devenido explícito y lancinante, a saber: que el esponjoso igualitarismo degenerara en corrosivo individualismo. Y eso es precisamente lo que ha pasado y lo que está pasando. En el guión original de los revolucionarios del mayo del sesenta y ocho estaban escritos los conceptos de fraternidad, el trato cordial de unos con otros, la paz, la libertad. Fenomenal. ¿Quién no suscribiría tan nobles propósitos?

Pero la cosa se torció. Esas ideas, las de los años sesenta y setenta, tenían inoculado un virus letal. Pues si todos somos iguales, si todas las opiniones valen lo mismo, si ya no hay autoridades que acatar ni preceptos que observar, ¿por qué razón he de prestar yo oídos al otro, a mi interlocutor? ¿Acaso lo que él me diga valdrá más o tendrá más fundamento que lo que yo diga? ¿Realmente, es mi obligación ética escuchar al otro? Si está prohibido prohibir, si todo signo de autoridad está en entredicho, ¿cómo conceder más valor a lo que dice mi interlocutor que a lo que diga yo, mi vecino o este niño de ocho años? Nada puede extrañarnos, entre muchas otras torsiones del sentido común, el intrusismo profesional de hoy o que, en las conversaciones cotidianas, todo el mundo sepa de todo, sin parar en mientes sobre lo que se dice de política, arte, ética, física o psicología. Al parecer, casi cualquiera de mis amigos o conocidos sabe tanto como yo de psicología, aunque yo sea psicólogo y ellos no. Sí, el arte es una metáfora de lo que está pasando. Igual que todo vale en arte, todo vale en el mundo de las ideas. Tanto da una opinión hecha a vuelapluma que una teoría filosófica o científica. Nada tiene más autoridad que nada.
Yo, que siempre he sido aficionado a las paradojas, tengo a ésta por la joya de la corona. Qué cosa tan curiosa que partiendo de tan buenos propósitos (igualdad, eliminación de las jerarquías, fraternidad… hayamos arribado a esta situación. Qué curioso que del igualitarismo original hayamos llegado a este individualismo que nos señorea y que, nacido de la misma sementera del espíritu democrático, casi nos impide dialogar; es decir: hablar y escuchar para entendernos mejor, no simplemente para marcar nuestro territorio, que es lo que solemos hacer. De suerte que, efectivamente, hemos conseguido aniquilar los signos ostentosos de autoridad, hemos conseguido repudiar la imagen astrosa de los grandes tiranos políticos, militares o religiosos, pero, a cambio, nos ha quedado un rosario interminable de conflictos cotidianos de todos contra todos. Ya no hay un gran tirano, un gran Gallo de corral sino que todos nos tiranizamos unos a otros, gallitos todos, fieles baluartes de la máxima de que nada es mejor que nada, ninguna idea mejor que otra, ninguna teoría más digna de atención que otra. Nadie se digna ceder ante el otro. Quizá por ello asistimos a la gresca continua entre matrimonios, entre vecinos, entre padres e hijos, entre generaciones, entre profesionales y aficionados, entre alumnos y maestros, etc. Es una guerra de todos contra todos. Es la guerra de la vanidad desaforada.

lunes, 7 de diciembre de 2009

DECADENCIA.

Señor Anónimo, ahora puedo responderle, aunque no con la suficiente extensión que desearía. Ando muy mal de tiempo. He colocado la contestación en esta entrada porque es tan larga que, de esta manera no la tengo que dividir. Disculpe el retraso.

Usted dice que no cree que el hedonismo sea un problema de las sociedades actuales. Hedonismo, diccionario en mano, es: “Doctrina que proclama el placer como fin supremo de la vida.” Pues bien, es posible que el placer no sea el bien supremo para muchos de nuestros conciudadanos, pero si uno de los bienes más estimados. Repare usted en una cosa: Es innegable que nuestras sociedades son extraordinariamente consumistas. ¿No cree usted que el híper-consumismo está basado en el hedonismo, en la exacerbación de los placeres sensuales? ¿Somos frugales, contenidos, austeros? Si usted analiza los señuelos publicitarios, verá con claridad que normalmente hacen referencia continua a cosas como el lujo, la “exclusividad”, el gozo inmediato, las emociones lúdicas, la tentación, etc. Es lógico: cada comerciante necesita excitar y engatusar a su potencial clientela más y mejor que el resto de comerciantes. El mercado no necesita a personas sesudas, reflexivas y controladas, sino a bulímicos abúlicos siempre dispuestos a desenfundar la billetera. O repare en la prostitución. Una de las industrias más prósperas de Occidente es la pornografía y el sexo. Hay más de 93 millones de páginas web sobre sexo. Y la apología del sexo pornográfico es explícita en cualquier medio de comunicación “normal”. Nada tiene de insólito que hoy reciban apretados aplausos los llamados “porno-star”, estrellas del porno, como Lucía Lapiedra o Nacho Vidal. No importa que apenas sepan hablar con mediana corrección, no importa su indigencia mental: son reverenciados y admirados como si lo de copular fuera esforzada hazaña digna de pleitesía, y se les conoce más que a cualquier científico o cirujano de talento.

O el consumo masivo y generalizado de drogas legales o ilegales. España es el país de la Unión Europea con mayor proporción de consumidores de cocaína, con cifras de consumo parecidas a las de Estados Unidos, y el porcentaje de jóvenes entre 14 y 18 años que han consumido cannabis en los últimos 12 meses se ha duplicado en los últimos diez años.

Y a tanto alcanza el hedonismo que, fíjese, los líderes políticos de los países más desarrollados ya implementan medidas para reducir el consumo energético, pues, de lo contrario, la vida del planeta correrá un serio peligro. El ecologismo pretende ser el muro de contención del consumismo (hedonismo), pero no lo consigue, al menos de momento.

Yo creo –y ojalá esté equivocado - que una gran parte de la población española está muy cómodamente instalada en la frivolidad, la mediocridad y la chabacanería. Las pruebas son claras: pan y circo continuo: Belén Esteban y fútbol a raudales, series nocivas de televisión, “grandes hermanos”, telediarios fraudulentos, cotilleos sin tregua, violencia a raudales, sensacionalismo arrabalero… ¡Casi todo es telebasura! 20 ó 30 canales dedicadas a la evasión fácil, con honrosas excepciones. Ninguna canal dedicada a la filosofía, el gran arte, la literatura… Sólo alguno a la ciencia. Y yo estoy convencido de una cosa: los medios ofrecen lo que se les demanda. Y los niveles de lectura –usted lo sabe- por los suelos.

¿Tiene relación toda esa telebasura (y prensa basura) con el hedonismo? Claramente, porque el espectador busca el entretenimiento fácil, aquél que no le suponga ningún esfuerzo de meninges, porque todo esfuerzo es, de entrada, enemigo del placer. Y en la medida en que nos acostumbramos a rechazar el esfuerzo, el tesón y la concentración, le estamos franqueando el paso a la irresponsabilidad y la negligencia generalizadas. Querer ser responsable, responder de mis actos implica el esfuerzo de vigilar y controlar mis actos; algo que está reñido con el programa de relajación y vida exenta que me quiero aplicar. El hedonismo atenta contra la ética y contra la cultura. Ambas están en peligro, amenazadas. Lo que afirmo, señor Anónimo, es que nuestra época es decadente, que estamos en decadencia.

Quizá usted proteste. Quizá usted alegue que no es justo fijarse sólo en lo malo, y que si nos comparamos con otras sociedades y épocas el balance será positivo: hay más libertad, más respeto a los derechos humanos, más alfabetización (escolarización), más y mejores medicamentos, somos más longevos, vivimos en democracia, disfrutamos de mil inventos y adelantos tecnológicos, no nos falta sustento… La lista de maravillas modernas es casi interminable. Pero mire usted, el problema que yo intento describir y diagnosticar son dos cosas:
1. Vivimos de rentas.
2. Estamos dilapidando y despreciando la herencia recibida de pasadas décadas y siglos.

Hay épocas en ascenso y épocas en descenso, épocas enjundiosas, luminosas y creativas y épocas decadentes, oscuras y monótonas. Mi opinión es que estamos más cerca de éstas que de aquéllas. Un rico heredero que se dedique a dilapidar el patrimonio recibido, quizá tendrá mucha más riqueza en cualquier momento de su vida que un modesto empresario que luche contra viento y marea para levantar su negocio. Sin embargo, la actitud de éste es mucho más admirable y prometedora que la del heredero rico. Cuando nos comparamos con otras épocas, corremos el riesgo de ver sólo la parte más superficial del asunto, sin pararnos a pensar en lo que hay detrás de todo ello. Nuestra forma de vida y de entender la vida no es prometedora, sino empobrecedora; no es edificante, sino destructiva; no es realista, sino delirante.

No existe algo como “nuestra época”, entendida como un periodo de tiempo que pueda considerarse ajeno a las épocas precedentes. Hoy disfrutamos de grandes adelantos tecnológicos, pero las raíces de esos adelantos se remontan a siglos y decenios pasados. Sin duda, los siglos XVll y XVlll fueron mucho más creativos en el terreno científico que el actual. Y, probablemente, el pasado siglo XX también lo fue más que el corriente. Y ya hay quien ha dado la voz de alarma con buenos argumentos y cifras y datos alarmantes. El libro de Carlos Elías, “La Razón Estrangulada”, plasma la preocupante situación científica del futuro. Cada vez hay menos chicos que quieran matricularse en carreras de ciencias puras. La caída en vocaciones científicas es ciertamente alarmante. Vamos a seguir viendo y disfrutando de inventos y maravillas, señor Anónimo. De eso podemos estar seguros. La cuestión está en la tendencia. ¿Ascendemos o descendemos? Descendemos. Y el declive no sólo afecta a España. Parece ser que a todo Occidente. Pero nosotros en particular partimos de una posición peor.

Si hablamos de filosofía, la cosa no pinta mucho mejor. Más bien al contrario. Muy poca gente entiende la importancia de cultivar un pensamiento crítico y riguroso. La filosofía es vista, en general, como una posma insufrible, como un pasatiempo inútil e improductivo, sin aplicación práctica. Craso error. El ninguneo a que está sometida la filosofía se refleja claramente en las políticas educativas y planes de estudio, cada vez menos interesados en conocer el pensamiento de los genios que nos precedieron y en enseñar a pensar autónomamente. No puedo extenderme más en este punto. Pero créame, la importancia de la filosofía como origen y sustento de nuestros derechos humanos y civiles es capital. ¿Quiero esto decir que no tenemos científicos o filósofos enormes? No, quiere decir, de nuevo, que tendemos a la descerebración, ni más ni menos.

La educación que reciben nuestros chicos es lamentable. Tanto en los hogares como en las escuelas e institutos. Sencillamente lamentable. La cantidad de jóvenes medio analfabetos que hoy tenemos en esta querida España nuestra es como para salir corriendo. Jóvenes a quienes sus padres no han enseñado el significado de la palabra “no”. Jóvenes ignorantes hasta la médula, que apenas entienden lo que leen. No lo digo yo. Lo dice el Informe Pisa, por ejemplo. Y todos sabemos que no hacía falta tal informe. Estamos a la cola en materia de educación. Creo muy recomendable la lectura de “Panfleto Antipedagógico”, de Ricardo Moreno Castillo. Lo suscribo plenamente. El autor no es ningún lego en la materia: Ricardo Moreno Castillo, ejerce en el instituto Gregorio Marañón de Madrid y también es profesor asociado en la Facultad de Matemáticas de la Universidad Complutense. Tiene más de 30 años de experiencia en la enseñanza.

Pese a todo, usted es libre de creer que vivimos en la mejor época de la historia. Y usted puede, sin duda, enumerar una cantidad ingente de barbaridades e irracionalidades de otras sociedades o tiempos. Y ahí está el punto. Yo no estoy aquí para negar las grandes conquistas de nuestro tiempo, sino, precisamente, para advertir que las podemos perder, que estamos en riesgo de perderlas. Marina lo expresa muy bien en sus libros: “vivimos en precario”. Lo que nos quiere decir es lo mismo que yo intento decir: los derechos civiles y humanos que, lógicamente, tanto valoramos, no son cosas que vayan a quedarse con nosotros a perpetuidad como por arte de magia. Los derechos nos protegerán de la arbitrariedad y la sinrazón en la medida en que nosotros luchemos por mantenerlos vivos, en vilo. Y para ello necesitamos cultivar primorosamente el intelecto, el talento y la creatividad. De nuestra razón nace la justicia y la medicina, el arte, la ciencia: la civilización. Todo lo bueno que nos rodea nace de ahí. Y la razón está –insisto- amenazada: Cunde el pensamiento débil, y la veleidad nos acechan por todos lados. No nos lo podemos permitir.

¿Qué debemos hacer? Bien, si es que estoy en lo cierto en alguna medida, lo que debemos hacer es dejar de atentar contra la razón. Necesitamos recuperar la excelencia, fomentar el talento y la inteligencia, incentivar a los que más saben (no amordazarlos o ningunearlos). Es decir, precisamos combatir el igualitarismo inspirado en la dichosa corrección política y desterrarlo, principal y urgentemente, de nuestro sistema educativo. Pero debemos empezar ya, antes de que sea demasiado tarde.

No puedo ahora extenderme más, señor Anónimo. Quizá usted piense que exagero o distorsiono las cosas. Puede ser. Estoy abierto al diálogo y dispuesto a escuchar cualquier razonamiento o crítica. En última instancia, si yo estoy en un error, no me haga usted caso.

Reciba un saludo.

martes, 6 de octubre de 2009

POSMODERNIDAD O "FOBO-SOFÍA".

Hay que reconocer que toda cosmovisión es, en cierto modo, una “cosmoceguera”, o casi. Una manera de “no ver” la realidad, de ocultar las partes que no nos interesan de ella, o que nos asustan. Nuestra época, por su condición de hedonista, es contraria a la sabiduría. Nada tan impopular hoy como el sabio, pues éste quiere vivir morigerado y dueño de sus pasiones. Sabe que el deseo, cuando es excesivo o impropio, destrona la voluntad y la consciencia. Su más elevado propósito es mantenerse sereno, íntegro y lúcido ante los avatares de la vida y el mundanal ruido. Sólo así puede conservar el orden interno, un pensamiento penetrante y preclaro. Nada más caro al sabio que la lucidez y la templanza. Quizá por eso los santos nos parecen sabios (“tiene más razón que un santo”) y los sabios, santones. El sabio busca comprender la naturaleza. Comprender es asimilar el objeto, hacerlo propio y anejo, incluso entrañable. Nada turba tanto el ánimo como aquello que, por arbitrario o beocio, no se puede comprender ni predecir: todo lo que sale de la locura, la injusticia, la necedad, la tontería… Los filósofos (los verdaderos, y no sólo los místicos y los orientales) buscan la unidad subyacente a la aparente pluralidad de los seres del universo, el principio rector que explique la naturaleza de las cosas. En la comprensión intelectual, el mundo se “humaniza”, se vuelve accesible y manejable. El mundo forma parte de mí cuando lo comprendo. Si no es así, me parecerá hostil y extraño.

Hoy, tras largos decenios de sensualismo y escepticismo desaforados, la imagen del sabio horroriza y espanta. Tenemos, por el contrario, su más rabiosa antítesis. Nos acosa la zozobra y nos invade el vacío y la inquietud anejos a las pasiones fugaces y frívolas. Acumulamos experiencias sensitivas para distraer la sensación de vértigo en una vida sin asideros. La desintegración y la compulsión nos caracterizan. Los psicólogos y psiquiatras nos advierten que el presente será el siglo de las depresiones. Lipovetsky nos dice que vivimos en la era del vacío y la angustia. Las adicciones y las conductas compulsivas están arraigadas en gran parte de la población. Los adultos quieren habitar un mundo sin barreras, pueril y adánico, volar sin resistencias, entregarse a una ensoñación continua y vivir en las tentadoras regiones de la infancia y la irresponsabilidad. Evadirse es la consigna.

De nada podemos estar seguros, nos dicen los herederos de la duda y el escepticismo radicales. Hoy, el intelectual con pedigrí (que no el sabio), es el que afirma que de nada podemos estar seguros, que todo es conjetural y provisional. No sabemos –insiste- si siempre el fuego nos quemará, si la anestesia nos insensibilizará, si el cianuro nos matará… Todo es cambiante ilusión, mudable, plural y efímero. Hay, por tanto, un regodeo en la duda sistemática, un alardear de no saber nada, de morar en el seno de la incertidumbre continua. Es el odio y el miedo a saber, a comprender: la “fobosofía”. El sabio se nos presenta como aquel que trae verdades imperecederas, valores absolutos y tono apodíctico; es decir, como una autoridad moral e intelectual a quien obedecer. Justo lo contrario de lo que demanda e impone el credo relativista. El mundo, pontifica el fobósofo, es extraño a la razón, como así lo demuestra la indeterminación atómica. Así, sujeto y objeto quedan definitivamente separados, condenados a extrañarse por siempre jamás. ¿Y cómo amar lo extraño? ¿Cómo amar lo que nos parece arbitrario y refractario a toda asimilación? El relativismo y el escepticismo pregonan un mundo indócil al entendimiento: inaccesible al amor.

¿Pero es éste un mundo extraño sólo en cuestiones de física nuclear? No, el principio de incertidumbre está presente en nuestra vida social, tanto o más que nunca. Los otros seres humanos son definitivamente extraños: difícilmente se les comprende. ¿Pero cómo es esto posible? Hoy, tras aniquilar todo signo de sabiduría, tras impugnar el mérito y la valía, el otro se me presenta como mi “igual”. Es decir: como alguien a quien, por ser como yo, puedo comprender. Al eliminar la genuflexión ante la autoridad, el otro ha quedado a mi altura, accesible, cercano, familiar… Por eso podemos ver en cualquier parte (y la televisión lo ha convertido en lucrativo espectáculo) cómo unos perfectos desconocidos intiman al poco de conocerse; cómo todos se tutean y se tratan con confianza y desparpajo. Sí, es cierto. Pero toda esa familiaridad se torna decepción con suma facilidad, pues ése que se nos mostraba como accesible y espontáneo amigo, pronto mudará de afectos y talante. Parecerá, entonces, atrabiliario e incomprensible a nuestros juicio. ¿Por qué sucede esto? Porque en una sociedad en que reina la anomia, cada cual se gobierna según sus propias normas, sin apenas observar aquellas otras que confieren solidez y estabilidad a las relaciones sociales e interpersonales. Es lo propio en un mundo sin ataduras ni compromisos, donde la palabra (de honor) carece de valor y significado. Mis compañeros de viaje han pasado de ser algo entrañable a primera vista a ser muy pronto algo extraño, ajeno a mí, ajeno a mis expectativas. Apenas hay promesas que no se rompan ni ofrecimientos que no se revoquen. Hablar es gratis y fácil. Menudean las mentiras y las falsas fidelidades. La amistad se trunca antes de echar a andar.

Los fobósofos, los hijos del escepticismo, predican la ininteligibilidad del mundo; es decir, el desafecto y la indiferencia. Y han tomado el poder. Son los políticos progres, fobósofos hasta la tonsura. Odian la realidad, hasta el punto de negarla. Viven de la mentira, condenados a urdir falsedades para mantener en vilo su vasto imperio de falsedades.La defunción del sabio nos ha arrojado a un mundo de apariencias y gestos fatuos donde cualquier tontería encuentra trono y aplauso, donde la angustia ante el vacío interior se combate con entretenimientos sensuales y fútiles, donde se quiere reducir la realidad a un perpetuo juego de máscaras en que nada es lo que parece porque, según ellos, nada “es”. Soberbia máquina de entelequias, el fobósofo (el progre, el escéptico, el relativista…) vive de vender la nada a precio de oro y extender la oscuridad. Al contrario que el filósofo, que ama la claridad y la verdad, su contrario y enemigo, el fobósofo, sienta cátedra con el cuento de que vivimos en tinieblas. Es la fobosofía: oficio de cobardes e invertidos intelectuales.

lunes, 28 de septiembre de 2009

EL LEGADO DE LA PERVERSIÓN.

El relativismo, en efecto, es un engendro del desencanto ante el mundo. La duda iconoclasta, matrona del nihilismo, genera la sensación de estar desvinculado de ataduras y deberes morales. Por eso, al tiempo que crece el deseo de libertad sin barreras, medra la apología de la perversión. Pretender que se vive en un mundo sucio y despreciable es la coartada del licencioso, la excusa del libertino y la disculpa del anodino.

Pervertir y malear, arrancar a las cosas su bondad e inocencia prístinas parece ser el sino de nuestro tiempo. No hay reducto que escape al abrazo trapero de la perversión. Véase, por ejemplo, cómo el relativismo ha robado la infancia a los niños, estimulados a crecer a empujones, forzados los goznes de su ingenuidad.

Nada se oculta a la vista en los audiovisuales. Lo íntimo de cada cual ya no se guarda en las celosías del fuero interno, sino que se arroja a la jauría de la venalidad, la procacidad y la rapiña colectivas. En los puros cueros el alma, sin ropajes que la cubran, es ya mercancía barata que salta de boca en boca. Es la hora del cinismo: la vileza sin mordaza. Atrás quedaron la decencia de la elipsis y la dignidad del silencio. En su puesto, la habladuría y la difamación, los consejeros áulicos de la envidia. Sin embargo, en un mundo decente, lo íntimo, como todo lo realmente valioso, ni se vende ni tiene precio, pues es inestimable.

No le va mejor al idioma, crisol en que se depuró y afinó el pensamiento de quienes nos precedieron. Respiramos un aire empedrado de tropiezos acústicos: menudean onomatopeyas, tacos y palabrotas, como para dar bríos, sin conseguirlo, a una parla insulsa, hueca y sin sustancia. El idioma castellano, ese tesoro secular de la inteligencia, se aplebeya y abarata bajo el vasto reinado de los vanílocuos y malhablados.

Malos tiempos –lo hemos dicho ya- para el arte, hoy nido de agiotistas y embrolladores. Otra víctima más de ese relativismo que, como las hordas de Atila, amojama y esteriliza todo a su paso. Largo es el aliento de la nada. En los museos, en las galerías de arte, en las paredes de cada casa, en los recibidores del dentista, en las macrotiendas… por doquier puede verse el pesado y cansino toque de la nada: absurdeces portátiles que los ociosos llaman arte.

No hay mirada inteligente que sea descreída e ingrata. Todos los sabios aman el mundo, por eso saben de él. El talento es hijo del asombro, el que por igual sienten poetas y científicos, pues bajo la aparente diversidad del orbe moran las musas del orden, la proporción y la armonía. No importa si se cree o no en un Dios personal. No es eso lo importante. Lo importante es reconocernos pobladores de algo grande y sublime, merecedor de nuestro respeto. Lo importante es desear ser dignos de esa grandeza. Aristóteles, Leonardo, Poincare, Einstein,… es indiferente al caso que hablemos de genios del arte, la filosofía o la ciencia. Todos rindieron pleitesía a la belleza del mundo. Todos sintieron un temblor reverencial ante tanta majestad.
Llevamos largas décadas de “deconstrucción” relativista, de anonadar valores y jerarquías, de igualar todo por abajo. Décadas dedicadas a envilecer el legado intelectual de nuestros ascendientes, en una lucha ciega y sin cuartel contra la tradición y el clasicismo.

Por fortuna, no todo ha sucumbido al avance de las catervas. Y también sabemos que el envilecimiento no es gratis. Saberse sucio, miserable, venal y prosaico es la penitencia aneja al pecado de serlo. La impostura se ha de tapar con más impostura; la nada, con farfolla; lo macilento, con destellos de relumbrón… Son los oropeles del autoengaño, la infatuación con que se querrá disimular el vacío de la propia existencia. Nada es más caro que la gratuidad ni nada más pesado e insufrible que la liviandad de espíritu.

lunes, 21 de septiembre de 2009

IMPOSTURAS RELATIVISTAS Y ESTERILIZACIÓN DEL MUNDO.

Pero otro efecto manifiesto de quienes se llaman relativistas o escépticos es la impostura. Quiero decir que en modo alguno son coherentes con cómo se denominan. Postulan una metafísica por completo inútil. Se declaran relativistas, pero se conducen como absolutistas, como cualquier hijo de vecino ajeno a la instrucción y mal avenido con la razón: sus gustos (no ya sus razones, que no aducen) deben prevalecer, so pena de conflicto social. Dicen, en su calidad de escépticos, no estar seguros de que nada exista, pero todos se guían como personas realistas, respetuosas de las leyes físicas en que todos creemos (ninguno de ellos se arroja por la ventana para demostrar la inexistencia de la gravedad, ni ninguno mete la mano en el agua que hierve). Afirman abominar del concepto metafísico de "lo en sí", pero su cosmogonía implica lo absoluto, lo incondicional. Es decir, todo su credo es pura contorsión nominal y contradicción; una enrevesada metafísica de lo inútil, cuya lectura inspira en uno el dicho de que "para este viaje no necesitábamos estas alforjas".

Sin embargo, y esto es lo peor, su imperio de farfolla (“cosa de mucha apariencia y poca entidad”), tan propio de quien, en el fondo se sabe inútil, no deja el mundo como está, sino que lo esteriliza y descasta. En efecto, tras su paso, la educación de los niños se convierte en un baile de salón por completo inútil; el arte se abisma en la nada por falta de asideros (se niega la belleza, la elegancia, lo maravilloso…); la economía se yergue como un juego de quimeras, como un castillo de naipes; la ética fenece al despojarse la moral de la razón, etc. El mundo necesita el asidero de la universal razón, o sufrirá la fragmentación aneja al arrebato personal: la idiotez.

domingo, 20 de septiembre de 2009

LOS DOGMAS DEL RELATIVISMO.

Ando lejos de pretender justificar los abusos y barbaridades que se han cometido, o se comenten, en nombre de diferentes divinidades. Pero, por desgracia, muchos de quienes hoy denuncian con rabia y odio la irracionalidad de las religiones, incurren en mostrencas torsiones de la razón y fanatismos varios. El relativismo epistémico y moral es ubérrimo manantial de irracionalidades sin cuento. Si el lector desea ilustrarse sobre ello, le recomiendo la lectura de “Imposturas Intelectuales”, de Sokal y Bricmont, trabajo éste que, por maniobra insuperable de la insomne ironía, es el libro de cabecera de los relativistas autóctonos. Es decir, que éstos ignoran que las justas críticas de Sokal y Bricmont van dirigidas, precisamente, a ellos.

De las necedades y absurdos de la ideología posmoderna, nutrida con las ubres del relativismo, el positivismo y el escepticismo cartesiano, podrían escribirse incontables y robustos infolios. Bastantes de ellos para describir, por ejemplo, los disparates de reverenciadas líderes del feminismo de género. Verbigracia, las de Lucien Irigaray, quien nos dice que la ciencia es machista, basando esta acusación en que los aparatos de observación están construidos con forma de falo: telescopios, microscopios, etc. Quizá a ella se le ocurra la manera de atisbar estrellas con anteojos en forma de vagina. Y supongo que las escobas también, por su oblonga forma, pueden considerarse instrumentos fálicos del poder patriarcal. De estos nidos de primorosas sandeces han medrado polluelas como Bibiana Aído y las consabidas leyes hembristas que tantas injusticias y sufrimiento están provocando en gran parte de la sociedad (mujeres y niños incluidos).

De las locuras en materia de educación no hablaré aquí, pues mucho he hablado ya (y hablaré en otro momento). Ni de las que asolan el mundillo del arte y la moda, ni de los desvaríos nacionalistas ni, en fin, de tantos y tantos engendros ideológicos que nada tienen que ver con la religión. Sin embargo, la progresía atea no se preocupa de las injusticias políticas que más aflicciones causan, pues ella misma las produce en cantidades industriales, sino que su casi único desvelo consiste, como señalaba aquí un inteligente Anónimo, en denunciar los dogmas católicos, cuyo influjo real es, en nuestro país, prácticamente nulo.

Muchos de estos ateos furibundos jamás llevarían a sus hijos a una escuela en que se impartiera tesis creacionistas; sin embargo, aplauden las escuelas en las que el subjetivismo radical auspicia recios dogmas. Veamos algunos de estos dogmas:

- No se puede aseverar con absoluta seguridad que 2+2 son 4.
- En el universo puede haber seres que utilicen diferentes lógicas, de tal manera que 2 y 2 no sean 4.
- No hay cosas auto-evidentes, axiomas, como que A=A. Sepa, pues, el lector lo siguiente: usted no es igual a usted.
- No se puede estar absolutamente seguro de nada. Alguno de los más conspicuos apóstoles del relativismo afirma, por ejemplo, no estar seguro de si tiene 2 ó más brazos.
- Quienes mutilan el clítoris de las niñas no están equivocados, pues cada cual tiene su moral, ni mejor ni peor que la nuestra (la occidental).
- La moral no es más que adhesión acrítica a los valores trasmitidos por el entorno cultural y los instintos. Es decir, que no hay razones para oponerse al crimen, sino sólo gustos morales y culturales. En otras palabras, el relativismo enseña a los niños a conducirse en la vida sin dar razones de los actos propios: bastará con alegar gustos personales.
- La ciencia no es más que un cúmulo de convenciones, es decir, arbitrariedades susceptibles de ser sustituidas por otras arbitrariedades. O sea, que no es que, por ejemplo, la Tierra gire inequívocamente alrededor del Sol, sino que los científicos han acordado entre ellos que la Tierra gira alrededor del Sol.
- El relativista sostiene que es posible que no exista nadie más que él, siendo el mundo una ilusión creada por un geniecillo o dios cartesiano (solipsismo: la religión del “ateo” posmoderno).
- El relativista, epígono de Hume, sostiene que nunca estaremos completamente seguros de que pasar una apisonadora por encima de un caracol causará la muerte del caracol. Es decir, niega que en el mundo haya causas y efectos: niega la ciencia.

Esto es lo que da de sí la “razón” nihilista de la posmodernidad. No se agota aquí el listado de locuras relativistas, cuya trascendencia pública es aquí, y en estos momentos, mucho mayor que la que pueda tener cualesquiera otras creencias. Sin embargo, los desvaríos dogmáticos de la corrección política gozan de total impunidad. Al menos de momento.

viernes, 18 de septiembre de 2009

TRÁFICO DE NADERÍAS POSMODERNAS.

Este artículo formará parte de una serie dedicada a radiografiar cómo el relativismo de la progresía igualitarista arrebata la sustancia de todo lo que toca. Es mi intención mostrar la manera en que el relativismo que nos señorea tiende a convertir en nada el arte, la moral, la educación, la filosofía, la economía, la literatura, el idioma, etc. Aquí, para empezar, hablaré de la defunción del arte.


La nada lo invade todo. No crea usted que es un mero juego de palabras o una ocurrencia. No, es la verdad. Sólo hay que posar la mirada sobre cualquier aspecto de la realidad circundante para comprobarlo. El relativismo de la posmodernidad es la chistera en cuyo interior las cosas con sustancia se transmutan en nada. Es la batidora eléctrica que reduce a papilla subjetiva cualquier pieza sólida construida por la razón secular. Pondremos algunos ejemplos para aclarar estas palabras. Piense el lector en ejemplos de arte plástico. El abanico de posibilidades es enorme. Quizá tenga en mente a Leonardo da Vinci, Velázquez, Picasso… O quizá se le venga a las meninges la última exposición de arte moderno a que asistió, donde, a precio de oro blanco, se exhibían piezas tan esotéricas como un grifo ordinario de agua corriente, una magnífica plancha de hierro atravesada por cuchillos ensangrentados, un mamotreto informe de hormigón colgando del techo y demás lindezas por el estilo. Hasta es posible que el portero sea, en realidad, una pieza de arte más, allí posado por convenio venal con el artista.

Porque, en definitiva, ¿qué es arte? Otrora era lo que conseguía deleitar los sentidos por su factura extraordinaria. Hoy, ciertamente, también las facturas son extraordinarias, pero no conmueven tanto los sentidos del espectador como las carteras de los licitadores. Devánese usted los sesos y dígame, más bien, qué no es arte. Lo tendrá difícil, pues todo lo puede ser a condición de que se advierta a los demás de ello: “señores este bolígrafo corriente y moliente es una obra de arte, pues lo digo yo, que soy artista por inapelable decreto de mi voluntad.” Pero usted, amigo lector, protestará: “Hombre, pero si todo es arte o susceptible de adquirir dicha categoría, entonces nada es arte”. Bueno, ¿y qué quiere usted, señor mío? ¿Acaso desea usted reinstaurar un régimen clasista en que no todo el mundo pueda aspirar a llamarse artista? ¿Acaso pretende usted que vuelvan los tiempos en que las artes encandilaban por su belleza? No venga con la inquisición excluyente del mérito y la valía, por favor. No fastidie. No quiera abolir las hiperdemocráticas leyes del “todo vale” posmoderno.

¿Pero cómo es posible que los pujadores de arte lleguen a pagar desorbitadas cantidades de dinero por quisicosas y bagatelas? Esto no es difícil de entender: el tráfico monetario, “especulativo”, respecto del arte moderno es la única manera de prestigiar lo que, de por sí, carece de mérito. Se trata de fingir que tiene valor lo que carece de él. Pagar un millón de euros por un lienzo que un niño de párvulos podría pintar es como decir: “si pago tanto por esto es porque lo vale”. No es ya eso de: “pago mucho por este lienzo porque vale mucho” sino “vale mucho porque por él pago mucho”. La fórmula relativista permite elevar a regio trono el sueño igualitarista de la progresía ultracorrecta. Triunfo, por tanto, de las huestes del vacío: como todo es arte, nada es arte.

domingo, 15 de marzo de 2009

DEBATE SOBRE LA MORALIDAD HUMANA.


Estimados amigos, deseo abordar una de las más caras herencias de la ideología posmoderna: el relativismo moral. Nada diré del epistémico, brillantemente refutado, por ejemplo, por los físicos Sokal y Bricmont en su “Imposturas intelectuales”. Sobre el relativismo moral he mantenido largas e intensas discusiones con algunos filósofos en otros blogs. Todavía las mantengo. Han sido provechosas para mí en el sentido de que me han ayudado a afinar mi pensamiento sobre estas cuestiones. No voy a desvelar al lector, de momento, cuáles son mis conclusiones al respecto. Me gustaría conocer las opiniones y razones de los internautas que visiten estas páginas.
Las cuestiones que quiero tratar (y otras anejas que el lector quiera incluir) son éstas:
- ¿Hay actos universalmente buenos y malos para todos los seres humanos, o lo bueno y lo malo son cosas relativas al sujeto?
- ¿Aspiran todos los seres humanos a ser felices?
- ¿Hay cosas que hagan felices o infelices a todos los humanos?
- ¿Existen seres humanos conformes con su condición de esclavos o sojuzgados?
- ¿Existen normas morales válidas para todos los seres humanos o sólo normas morales culturales o individuales?
- ¿Tenemos un sentido de la justicia innato?
- ¿Tenemos un sentido moral innato?
- ¿Por qué delinquimos?
- ¿Es el arrepentimiento un sentimiento innato o cultural (religioso)?
En fin, son muchas las preguntas y todas ellas interrelacionadas y de capital importancia. ¿Ustedes qué piensan? Les espero.

miércoles, 25 de febrero de 2009

RELATIVISMO: ENEMIGO DE LA RAZÓN (1)



Hay algo común a todos los seres humanos, algo que nos iguala más allá de toda duda razonable; que nos permite reconocernos como miembros de una misma especie: el deseo de ser felices. Sí, ya conozco la cantinela de que cada cual entiende la felicidad a su manera, pero eso atañe más a lo accesorio que a la sustancia. Quizá no sepamos muy bien qué necesitamos exactamente para ser felices, pero sí sabemos claramente qué nos trunca nuestros más acariciados deseos. Ni queremos estar enfermos ni queremos que nadie nos maltrate. No queremos pasar frío, calor, hambre, miseria, calamidad. Nos aterroriza la muerte, natural o violenta… No queremos pasar miedo. Nos empavoriza el miedo.
Gracias a la necesidad universal de buscar la felicidad, hemos creado la ciencia y hemos inventado los derechos humanos. Ni la ciencia ni los derechos humanos son meros inventos, como algunos pseudo filósofos dicen por ahí. Nuestra universal búsqueda del bienestar (no sólo material) es el acicate del ingenio, la inteligencia y el talento. De la necesidad nació la razón. Ya sabíamos que el hambre nos hace listos, que la necesidad nos obliga a aguzar el ingenio. Hoy, cuando en gran parte de occidente tenemos cubiertas las necesidades orgánicas, (y ya veremos qué nos trae la actual crisis), observamos la proliferación ingente de enemigos de la razón. Vivimos -la mayoría de nosotros- en estados providentes que nos permiten ser irracionales y tontos, que nos permiten dar la espalda a la inteligencia pública: a la razón. Satisfecho el mondongo y todas las necesidades básicas, el hombre contemporáneo busca el confort espiritual, la ausencia total de miedo, dificultades, resistencias, angustia o dolor. Y, en la más tórpida de las regresiones, cree encontrarlo en regiones extrañas a la razón y la ciencia: en las supersticiones, en el tarot, en las sectas, en la religión, en las drogas…
Las amenazas a la razón provienen de rastrear las huellas de la felicidad en los refugios de la subjetividad y las “verdades” particulares, las “verdades” a la carta. La ciencia pierde atractivo porque, ahítos los sentidos, las ficciones falaces de la imaginación nos dejan vivir mentalmente en la fantasía. Pero antes o después la realidad volverá por sus fueros, poniendo las cosas en su sitio.
La superstición es la enemiga más inmediata de la razón: de la ciencia y los derechos universales; por tanto, enemiga de la felicidad. Pero ¿quién favorece la expansión de la superstición? El relativismo epistémico, ético y estético de la posmodernidad, pues da licencia a cada cual para que defienda su particular credo supersticioso. Y cuidado amigos, porque ese relativismo es hijo legítimo del positivismo lógico: una rama de la filosofía cuya máxima aspiración es -ironía suprema- la de combatir las creencias irracionales. Pues no: el positivismo lógico abre la espita al todo vale y, con ello, a la proteica irracionalidad.
Raus.