
El miedo a diferenciarse de los demás es la base psicológica para crear grupos muy cohesionados. En estos grupos el entendimiento y la comunicación entre sus miembros hacen posible la concepción y ejecución de colosales proyectos inteligentes que jamás podrían ser realizados por personas particulares, con independencia de su inteligencia o fortaleza física. El viaje a la luna fue un proyecto mancomunado que, como tal, aunó el talento y el esfuerzo de muchas personas. Nadie por sí solo podría haber realizado tal hazaña.
Por supuesto, podríamos poner miles de ejemplos más.
Sin embargo, nuestra sociabilidad de especie es también la base de las conductas fanáticas, de las imitaciones peligrosas. Nuestro deseo de ser aceptados por los demás (o por un determinado grupo, “los nuestros”) puede llegar a ser trastornador y enajenante. Voy a poner algún ejemplo. Si yo quisiera formar parte de un grupo religioso, tendría que hacer las cosas que sus integrantes hicieran. Si éstos se fustigan la espalda alguna vez al año en acto de contrición y fe, yo tendré que imitarles, hacer lo mismo. Para probar la fuerza de mi deseo de integración, para ser aceptado en su seno, no podré menos que propinarme tantos latigazos como ellos. Y si además deseo su admiración, será inevitable que intente “hacer méritos” y me dé más latigazos que los acostumbrados. La competición social establecida con el fin de estar integrado en un grupo, nos lleva directamente a un recrudecimiento de aquellas conductas que reflejan los valores de tal grupo. Cabe prever que dentro de un tiempo el número de latigazos será, como media, todavía mayor que el actual. Y así sucesivamente.
Sin embargo, nuestra sociabilidad de especie es también la base de las conductas fanáticas, de las imitaciones peligrosas. Nuestro deseo de ser aceptados por los demás (o por un determinado grupo, “los nuestros”) puede llegar a ser trastornador y enajenante. Voy a poner algún ejemplo. Si yo quisiera formar parte de un grupo religioso, tendría que hacer las cosas que sus integrantes hicieran. Si éstos se fustigan la espalda alguna vez al año en acto de contrición y fe, yo tendré que imitarles, hacer lo mismo. Para probar la fuerza de mi deseo de integración, para ser aceptado en su seno, no podré menos que propinarme tantos latigazos como ellos. Y si además deseo su admiración, será inevitable que intente “hacer méritos” y me dé más latigazos que los acostumbrados. La competición social establecida con el fin de estar integrado en un grupo, nos lleva directamente a un recrudecimiento de aquellas conductas que reflejan los valores de tal grupo. Cabe prever que dentro de un tiempo el número de latigazos será, como media, todavía mayor que el actual. Y así sucesivamente.
Otro ejemplo. Si mis compañeros de grada insultan al árbitro, yo no querré ser menos, con lo cual yo me sumaré a los improperios. Otros compañeros también querrán formar parte de este “su” grupo, y harán lo propio. El resultado, estimado lector, puede ser el que muchas veces vemos en la televisión: una masa irracional de bárbaros peleándose brutalmente por triviales y tribales cuestiones futbolísticas. Aplíquese este sencillo esquema a tantas otras conductas desmesuradas (o ideas) y se comprenderá por qué digo que la sociabilidad es la base del fanatismo. Podría multiplicar los ejemplos, mas no lo creo necesario.
Es nuestra paradójica condición: la sociabilidad es la base de la creación del lenguaje y de nuestra portentosa inteligencia de especie; pero también lo es de comportamientos fanáticos, exclusivos de nuestra especie.